Soñar

Def. aquello que nos conecta a la vida.
Cuando lo importante es sentirse vivo

Cuando quieres saber si una persona está conectada con su felicidad, pregúntale: “¿Qué sueñas?” Conocer a alguien va más allá de su ocupación, nacionalidad, intereses, experiencias. También la descubres cuando puedes ver a través de sus anhelos, deseos, motivaciones, fantasías…
Muchas veces cuando somos niños nos invitan a imaginarnos cómo seríamos de adultos o incluso, sin ser niña, hoy mi madre me preguntó: “¿Dónde te gustaría vivir?¿En qué país?” Y yo rescatando a mi Alicia interior, le respondí: “Quiero un castillo” Ella se rió y me dijo: “No, pues, algo más realista” y yo sonreí, le dije: “Mamá, los castillos existen y yo haré de mi hogar un hermoso castillo cerca al mar”.
En verdad, sabía conscientemente que yo no provengo de ninguna dinastía medieval y que probablemente termine en un apartamento boho-chic en una ciudad cosmopolita. Pero quería soñar un rato y robarle una sonrisa a mi madre.
Este pequeño diálogo de dos adultas me hizo recordar el gran conflicto con el querer soñar: clasificarlos, confrontarlos como posibles e imposibles, jugar vs. realismo.
Situación que no aparecía, en el mejor de los casos, cuando eras niño. Ahí es visto como tierno, hermoso, propio de la mentalidad infantil.
Distinto a cuando eres adulto o en vía a serlo, pasas a una dinámica en donde se te cuestiona e incomoda… ¿Por qué?
¿Cuándo perdemos esa chispa de soñar o ver soñar a otros?. Desde ya te digo, soñar no es infantil, no es irreal.

Es viable en cuanto conozcamos nuestros recursos y podamos transformar la realidad.

Yo tuve la suerte de tener unos padres muy opuestos, pero necesarios: mi madre es muy práctica, lógica, le gusta el control, la seguridad, tiene un instinto de supervivencia agudo. También es amorosa, humana y compasiva. Me enseñó a ser ordenada, responsable, dedicada y comprometida con mis relaciones y labores. Por su parte, mi padre, es un eterno niño, jamás me dejó de incentivar la inmensa curiosidad de creer en el mundo, siempre tenía las mejores historias. Hasta hoy, seguimos siendo dos niños, dos soñadores que nos sentamos a imaginar y crear.
Me vienen todo tipo de memorias cuando escribo sobre soñar. Por ejemplo, recuerdo que me preguntaban cómo hice mi blog, que querían hacer uno también, pero ¿de qué podrían hablar?, ¿quiénes los escucharían?. Yo entendía perfectamente a lo que se referían -adulto cuestionador mode on– y lo que les respondía eran dos cosas: lo primero, empieza a creer en lo que tienes por compartir y; lo segundo, gracias, porque si te conecté con mis escritos o creaciones, hoy alimenté mi sueño.

Muchas veces traté de medir mis sueños por ideas de éxito como el número de seguidores, por cantidad de dinero recibido, etc. Felizmente, mi Geraldine, madura y más sana entendió que pensar así no la haría feliz. Que yo ya soy exitosa, por el hecho de poder compartir lo que pienso y creer en mis ideas. Las recompensas son parte del proceso, pero esta sensación de libertad, de expresarme es lo que más me satisface. Saber que a alguien le gusta lo que escribo o comparto, es mi mejor alegría.

Confronto la siguiente frase: “No es fácil vivir de los sueños”
Es cierto, no es fácil. Pero la única verdad que nos mueve hacia la vida o nos hace sentirnos conectado a ella: es la capacidad de soñar.

¡SUEÑA!

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